miércoles, 13 de julio de 2011

EL ENSAYISTA Y FILÓLOGO CHINANDEGANO DR: JULIO YCAZA TIGERINO.

EL ENSAYISTA Y FILÓLOGO CHINANDEGANO DR: JULIO YCAZA TIGERINO.: ":whistle: :happy: :yes:
Electo, pero no incorporado aún a la Academia Nicaragüense de la Lengua, me toca ya cumplir la primera tarea a nombre de esta corporación, en una incómoda oportunidad, despedir al sr dr dn Julio Ycaza Tigerino, Secretario de nuestra Academia desde 1964, o sea, durante más de tres décadas, en las cuales se integró a diversas comisiones de trabajo, participó en Congresos internacionales e hizo muchos aportes lexicográficos. De esta manera damos cumplimiento al Acuerdo de Pésame, del poeta don Pablo Antonio Cuadra, su Director, y del poeta don Francisco Arellano Oviedo, su Secretario ejecutivo, quienes lo han suscrito y si no se encuentran aquí es por sus propios duelos y quebrantos. Digo que la oportunidad es incómoda, porque se puede pensar que los jóvenes hemos empezado a ingresar a la Academia Nicaragüense de la Lengua, para relevar o desplazar a los académicos mayores, en todos los sentidos; pero no es así, es todo lo contrario, si nos aproximamos a ellos es porque precisamente son mayores, “juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros y las cabezas jóvenes”,según el verso de Rubén Darío, para sentarnos a su sombra, para cuidar y promover con toda la complicidad y amplitud lingüística con la masa parlante, el desarrollo creador y comunicante de ese instrumento vivo, histórico y, por tanto, fiel a su pasado grecolatino, castellano y fiel a su presente americano, cambiante, mudable, dinámico, que es la lengua, el idioma español de Nicaragua. No estamos ni venimos aquí, pues, a enterrar, a sepultar al académico. No somos sepultureros, en la peor acepción del vocablo; somos amigos y compañeros que lo venimos a dejar a su lugar de merecido descanso; porque siempre consultaremos sus obras, para apoyarnos en ellas o para tomar distancia, acaso para ratificarlas o refutarlas, esto último algo que a él le gustaría, lo exaltaría, acorde con su indole polémica.
Ni la cultura nicaragüense en general, ni nuestra literatura toda, tan desamparada de investigaciones y crítica entusiasta, apasionada, y menos las generaciones emergentes, tan huérfanas de orientación, de magisterio, podemos permitirnos el lujo de despedir a individuos como don Julio Ycaza Tigerino. Si bien es verdad que fue una figura pública, abogado,magistrado de cortes de apelaciones y político conservador consecuente con sus mecanismos de participación en el poder y su ideología, diputado y miembro de distintas comisiones gubernamentales a lo largo de su existencia, también es cierto que, por sobre todos estos cargos y funciones transitorias y accidentales, nosotros queremos valorarlo como una criatura fundamentalmente literaria, un creador de letras: ensayista, filólogo, con alguna incursión en el dibujo (La puerta lateral de la iglesia Santa Ana de Chinandega) y poeta intermitente, interferido, asediado, por sus otros afanes cotidianos, que perteneció a aquella Cofradía de Escritores y Artistas Católicos y a los Cuadernos del Taller San Lucas, que en los cuarenta del siglo pasado marcaron el inicio de la posvanguardia en Nicaragua.

Poeta moderno apegado a una idea tradicional del verso y de la sintaxis, la música, el ritmo, cultivador del soneto y del endecasílabo, con un lastre juanramoniano, gongorino, nerudeano, que profundizó en una tendencia que caracteriza nuestra tradición, el llamado Exteriorismo, elaborando después un discurso nacional, es decir, una relectura e imagen de Nicaragua con la historia como materia prima y trasmutando este material en lenguaje: Poemas del campo y de la muerte ( Madrid, Agora, 1959), Tierra de promisión (Managua, Ministerio de Educación, 1960) y Poesía (Managua, 1994). Crítico que ante la exégesis neocolonial, reticente y mezquina contra Rubén Darío y su modernismo , señaló en los cincuenta su calidad de clásico, la humanidad universal, dolida, angustiada e insomne del poeta de los “Nocturnos”. Visión redondeada por sus ensayos sobre los elementos sustanciales de la poética dariana (lo religioso, el tiempo, lo político, lo mítico, lo mágico, lo onírico, lo erótico como sentimiento, lo étnico y lo telúrico); reunidos en un sólo tomo con los análisis estilísticos del sr dr don Eduardo Zepeda Henríquez, académico y entrañable amigo de nuestro difunto, y bajo el título de Estudios de la poética de Rubén Darío (1967). Como crítico abrió accesos hacia la poesía y los poetas de Nicaragua (su visión madrugadora del significado sociológico de La insurrección solitaria de Carlos Martínez Rivas), y hacia nuestros rasgos, patrones sociales y culturales: la crisis de Occidente y nuestra originalidad. Un teórico del hispanismo y del mestizaje, pero del mestizaje que reivindica lo indígena por sobre lo hispánico y por tanto, valora las producciones americanas, primitivas, mágicas, criollas, indigenistas, populares.

Que descanse, quien hizo de sus 82 años de vida un continuo servicio público y una creación, una reflexión o especulación a veces honda, iluminadora, aveces polémica, una discusión o cuestionamiento perenne desde su filosofía, dogmas y ciencias.

Y a nosotros que nos quede su nombre junto a otros nombres, su presencia al lado de otras presencias, y sus libros o impresos, que en algún momento de la formación nos encantaron. Inolvidable su pequeño libro publicado por la Academia Nicaragüense de la Lengua, sobre poetas y poesía de Nicaragua. Allí leímos nombres ignorados o despreciados, encontramos otras rutas, otras maneras de mirar, otros modos de entender...

Cómo olvidar los encuentros en casa de Eudoro Solís, allá por La Hormiga de Oro, en la vieja Managua, antes, mucho antes del terremoto de 1972; mis primeros whiskys al lado de un poeta Zepeda Henríquez doctoral y sonoro de voz, de un Ycaza Tigerino, poco o nada comunicativo, domeñando sus afectos hasta la sequedad, o parquedad, pero alerta, listo para quebrar lanzas, de un siempresonriente Octavio Robleto, de Iván Uriarte, de Edwin Yllescas, de Roberto Cuadra...

Cómo no evocar un mediodía de domingo, septiembre de 1975, en un hotel de México, a un grupo de hombres de la lengua, en el Congreso de Academias: el grande y semigrandulón Luis Rosales, verboso, de pupilas azules centellantes tras los gruesos lentes, al abrazo efusivo de Pablo Antonio Cuadra, de estampa estilizada, Quijote americano y melena cana, mientras Ycaza Tigerino y el maestro Ernesto Mejía Sánchez, ambos espadachines, se cruzaban aceros verbales sobre política y literatura.

Cómo no sonreír celebrando la ocurrencia, mezcla de ingenuidad, arrestos y entereza lingüística cuando al comienzo de la revolucionaria década de los ochenta, se protegió o creyó dotarse de inmunidad, después de dos encarceladas en El Chipote, con el emblema de la Academia Nicaragüense de la Lengua, como un escudo de guerrero, como un escudo nobiliario –la más legítima nobleza— en el dintel de la puerta de su casa.

Como quien dice: Alto ahí, vive aquí un guardador de la Lengua.

Cómo no recordar las animadísimas tertulias vespertinas en casa de María Teresa Sánchez y Pablito Steiner, al pie del Motastepe, en los ochenta, con pocos asistentes, acaso sólo con Rolando Steiner y conmigo, ya liquidado aquel círculo de letras, Nuevos Horizontes, y hoy, casi todos ausentes... El era un Tigerino, con “g” y con “j”, tataranieto, bisnieto, nieto, hijo, hermano, primo, sobrino de todos aquellos Tijerino Pomar, Tijerino Navarro, Tijerino Rojas, Tijerino Molina, del prócer don Toribio Tijerino, de los monseñores Agustín Tijerino y Loáisiga e Isidro Augusto Oviedo y Reyes, mucho más que un apellido: una personalísima manera de ser, de ver, de interrelaionarse y de querer, agudeza y certeza, sentido del humor que se queda en amargor, humor negro, amargor que a veces se aposentaba en silencio; pariente del poeta Luis Alberto Cabrales, con quien comparte muchos puntos de su actitud vital, de su ideología y de su poesía, miembro de esa comarca familiar y poética de Chinandega, de León... Sus temas obsesivos eran Chile, España, los amigos españoles y nicaragüenses, Vivanco, José María Valverde, Joaquín Pasos, Manolo Cuadra, Los Lunes de la Nueva Prensa, Pablo Antonio Cuadra, el incendio de Chinandega en 1927, cuando él era un niño, la política nacional, los pactos, el proyecto sandinista entonces triunfante, que lo atemorizaba y desasosegaba; y siempre la genealogía paterna de los Ycaza, indagar en su familia, en su raíz, en su apellido, acaso la explicación de su ideario, de sus sentimientos, de su visión del mundo...En una de esas tardes nos dio a leer un soneto que recién acababa de escribir y que me reveló mucho de aquel hombre o de aquella ánima, que cada vez que podía, me espetaba o profería el vocablo: Piricuaco. Recuerdo el primer cuarteto:

Casi no tengo amor, casi no tengo.
Se me escapó a lo largo de una vida
llena de turbulencias. Te prevengo,
La dicha es para mí causa perdida...


En ese momento sentí que el afecto se movio hacia él, pero preferí guardar silencio. Don Alfonso Reyes aconseja piedad y delicadeza a la hora de juzgar a cualquier ser humano... El tiempo, la memoria, la vida, la vivencia, la convivencia que ellos poseían de muchos de los personajes y personalidades de nuestra literatura, se ha ido con él y con ellos; pero quedan sus letras, sus signos incandescentes, que garantizan que no se morirá del todo, “non omnis moriar” como escribía hace varios siglos Quinto Horacio Flaco, hombre de cultura pagana, prueba está que en esta Pascua, en Ud, dr Julio Ycaza Tigerino, hombre de cultura cristiana y católico practicante, se ha realizado una vez más la Resurrección. Viva, pues, feliz su Resurrección. Se lo dice acongojado y quizá esperanzado, aquel su joven amigo o conocido, a quien Ud , entre burlas y veras, acusaba de ateo

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fuente.julio valle / LIC:RENE DAVILA /13060011"

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