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miércoles, 2 de diciembre de 2015

La Teodora Coyota de El Viejo

En El Viejo, cuando era villa, vivió la Teodora Valdivieso: una mujer que abandonaba el lecho, dejando dormido a su esposo, para transformarse en Coyota detrás de su rancho y al pronunciar este conjuro: Abajo carne, abajo carne. La Coyota iba a reunirse con una manada de coyotes que merodeaba a orillas de la población, a caza de cerdos, gallinas y chompipes. El altanero jefe de la manada y la Teodora se amaban entrañablemente. A su regreso, la Coyota volvía a ser humana diciendo: Arriba carne, arriba carne. 
Un día el marido, que la espiaba, le echó un puño de sal y a la Teodora no se le subió la carne, quedándose Coyota para siempre. Algunos romerantes de la Virgen del Hato aseguran que, emitiendo tétricos lamentos, ella tuvo que retornar a la manada y procreó una prole con el jefe de la misma. Ellos la vieron cruzar la yerma llanura y el tupido bosque seguida de numerosos cachorros.


El Espanto del Roldán en Cosigüina

Cerro zacataloso en parte y en otras de vegetación espesa, es el Roldán, ubicado en la región comarcana de Cosigüina. Hasta su pequeña cumbre fue un campista de la hacienda San Cayetano a levantar una punta de ganado. Y no volvió. Era un Jueves Santo, cuando el Nazareno permanece en el suelo y no está permitido, por piadosa costumbre, cabalgar ni transportarse en otra forma. Por ello se oye un grito macabro, espeluznante, cuyo eco invade la vastedad del llano: uyyyyyhooooo. Los hombres reflejan el pánico en sus rostros y llenas de pavor, las mujeres estrechan a sus hijos tiernos contra el pecho, a la vez que musitan el Trisagio (santo Dios, santo fuerte, santo inmortal…) para ahuyentar el Espanto.

martes, 27 de diciembre de 2011

LA LOMA DODE HABITA EL ZIPE.


En aquellos días de tierra y mar, la chavalada acostumbraba siempre a jugar en los corrales traseros de la finca San José de la Montaña, que era del tío Goyo, y estaba situada al final del viejo camino a Jiquilillo, casi a la orilla del estero que conduce a puerto Arturo al sur del Cosigüina. Era un lugar apartado aun, muy cerca de los playones ricos en conchas negras, cascos de burro y barbas de hacha y otros crustáceos hoy totalmente desaparecidos. La flor del algodón no había consumido todavía a las montañas que rodeando las laderas del Cosigüina, daban refugio a los dantos, pumas, jaguares, venados y tigrillos casi extintos en la actualidad, debido a nuevos dueños que explotaron sin piedad los caobales, los pochotales, los bosques de chapernos y cedros reales... hasta dejar casi en pelo a la región. Todavía abundaban los pavones de cresta negra, los güises, urracas, piches y alcaravanes y en las noches se oían cantar los pocoyos, guases y cocorocas.

El estero que se inicia en la boca de Padreramos, cuyas orillas estaban tupidas de manglares y sus playitas llenas de gallinetas, zarcetas, cormoranes y martines pescadores, estaba lleno de toda suerte de peces. De tal manera que era muy fácil tirar en cualquier orilla el anzuelo con carnada de mazamorra, y jalarse presto un boca colorada, una curbina o un guichón de espinas transversales... Pero después los vecinos catrachos comenzaron a llegar en sus grandes botes y las enramadas de las orillas se llenaron de pescados secos, acabaron casi con todos y nos dejaron vacíos los esteros... se los llevaron todo.

Pero volviendo al cuento que nos ocupa, sucede que el Güicho y el resto de chigüines estaban jugando al final del patio al pie de la montañita tan frondosa situada casi en las cercanías del espectacular Cosigüina, cuyo cono truncado por una antigua y célebre erupción, se divisa en toda la comarca. Y en sus alrededores boscosos se cuentan que suceden muchas cosas misteriosas, leyendas y encantamientos.

-¡Hey muchachos regresen ya! que está oscureciendo- gritó la Zoila, mujer campesina de unos 45 años, que era la ama de la casa, mientras adentro crepitaban los leños del fogón preparando el gallo pinto y el café caracolillo, que se da en las faldas del Chonco.

Todos los chavalos y chavalas regresaron presurosos y haciendo gran algaravilla comenzaron a acomodarse alrededor de la mesa rústica, cada quien en su respectiva pata de gallina. No pasó mucho tiempo sin que notaran la ausencia de Güicho, que era el más vivaracho y fregón de todos. Con sus 8 años no cumplidos, ya era la alegría de la casa por sus ocurrencias y travesuras.

-¿Güicho que j.. se hizo? -gritó la Zoila con su vocerrón- vayan a buscarlo. Dejaron todos de comer y saliendo encarrerados comenzaron todos a gritar... Güicho, Güichooo...! ¿dónde estás?

Al rato llegaron los hombres en grupo compuesto por tío Goyo y los hijos mayores que regresaban de trajinar del campo, arriando las vacas lecheras y sus terneritos que pasaban la noche en el corral.

-Por favor busquen a Güicho -dijo la Zoila en voz alta- este muchacho carrizo se debe de haber metido a la montaña, y allí andan fieras, al otro día oí decir que vieron un puma con un ternerito atravesado en las tapas... ni quiera mi Dios...

Se metieron al bosque pues, y buscaron y buscaron toda la santa noche hasta que se agotaron las lámparas de carburo, pero todo fue inútil, el muchacho no aparecía. Las mujeres comenzaron a llorar y a rezar descorazonadas y tristes.

A los primeros albores regresaban los hombres decepcionados cuando oyeron a Andrés gritar.

-Miren muchachos! En este clarito hay dos clases de pisadas, estas de aquí parecen los caitecitos del Güicho, y estas otras son de unos piecitos y que parecen que van caminando al revés.

-Que la Virgen del Trono nos favorezca! - dijo el viejo Emiliano, el abuelo del niño perdido, al mismo tiempo que se santiguaba mirando en dirección al poblado de El Viejo, como era la costumbre entre esas gentes.
-Yo creo que se lo llevaron los zipes -dijo el tío Goyo- ¿pero cómo es posible si ya lo bautizamos el año pasado?...

-¡Santo Dios Santo fuerte!- gritaron en coro los varones que formaban la tropa de la búsqueda.
-Sigamos las pisadas- dijo Andrés, medio molesto - y déjense de aspavientos y mariconadas que parecen viejas santulonas.

Siguieron las huellas pero en dirección contraria a la que parecían ir, y no habían caminado varios metros cuando de pronto el aire se impregnó de un dulcísimo perfume, desconocido de todos. Y de pronto en una rama alta y atravesada de un guácimo de ternera encontraron al Güicho muerto de risa sosteniendo entre sus manitas una canasta llena de frutas... Costó trabajo bajarlo de donde estaba encaramado.
¿Y cómo llegaste hasta allí, muchachito rebandido?- le preguntó don Emiliano.
-Me subieron dos hombrecitos coloraditos que llevaban unos pantaloncitos verdes bien bonitos- dijo el chigüín riéndose todavía.

-¡Miren!- dijo Andrés asustado- esta canastita está hecha de un bejuco que no se da por aquí y ¿las frutas, qué clase de frutas son?.
Asombrados todos comenzaron a manosear un gajo de uvas moradas, peras, manzanas, melocotones, frambuesas etc... ninguna de las cuales se dan por estos lados... Y desde entonces el lugar lo nombran como la loma del Zipe.
CREDITO:W.ALVAREZ /
LIC:RENE DAVILA / 231211

CUENTO DEL JINETE NEGRO DE EL VIEJO.


Quizá como en nuestra tierra crecimos con la costumbre de caminar por las noches en compañía de los amigos, las noches son cerradas y nuestra mente abierta a toda clase de experiencias, somos propensos a visualizar y escuchar cosas extrañas que se quedan para siempre en nuestra memoria tentando los límites de nuestro raciocinio.

Mi buen amigo Alvaro Salazar, por ejemplo, recuerda nítidamente lo que le sucedió hace algunos años en su natal El Viejo, municipio del departamento de Chinandega.

"Me pasó hace como 15 años atrás, como a las 3 de la mañana, allá por el Río El Viejo. No sé, fue como un sueño, algo extraño. Veníamos como 5 amigos de unos 15 años de edad platicando de carreta naguas, mocuanas y cosas así, cuando de repente sentimos que alguien nos venía siguiendo. Pensamos que no estábamos solos, pero cuando volteábamos a ver, no mirábamos a nadie. Pero seguíamos con esa sensación que algo nos acompañaba. Cuando llegamos a una esquina algo iluminada, esa sensación se quitó. Pero al entrar nuevamente en lo obscuro, allí estaba la presencia otra vez. Cuando llegamos al Puente Limón en El Viejo donde está la Escuela Jacoba Andino, un lugar oscuro, vimos en una esquina a una persona montada en un caballo. Me dijo uno de mis amigos que ahora vive en Miami que seguramente eso era lo que sentíamos. Sólo pudimos ver un jinete negro. En lo que menos pensamos, el jinete desapareció. Muchos, cuando contábamos esta historia, nos decían que solo pura tapaderas éramos nosotros, pero de verdad que esa sensación nunca la había sentido. Eso es algo que sólo Eduardo García, Reynaldo Franco, Ronald y Reynaldo Plazaola, los gemelos, y yo que pasamos por eso sabíamos. Las dos veces que fui a El Viejo nos reunimos y platicamos sobre eso, de que fue lo que nos salió y el porqué, pero para mí es es algún alma que anda suelta, digo yo. Esto no es leyenda ni relato de lengua."
(Versión tomada directamente de Alvaro Salazar y recogida por Martha Isabel Arana - 18 de septiembre, 2005) /
LIC:RENE DAVILA / 231211